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EL REPOSO EN BOTELLA
El
vino, una vez elaborado, clarificado y estabilizado, queda listo para
el consumo. Sin embargo, la experiencia nos ha enseñado que muchos
vinos mejoran con la crianza, -primero en la barrica y luego en la botella-.
Después
de una crianza en madera es imprescindible el reposo en botella. El
reposo en botella rebaja el carácter de madera del vino y armoniza
los aportes del roble y de la uva, que de alguna forma necesitan "casarse",
para desarrollar su complejidad o alcanzar su máxima expresión
o "bouquet".
La barrica de roble
proporciona al vino nuevos elementos para su maduración, (taninos
de roble y aromas) a la vez que "oxida" ligeramente el vino
gracias a la pequeña cantidad de oxígeno que el vino puede
"respirar" a través de los poros microscópicos
de la madera.
En la botella, por contra de lo que sucede en la barrica, no se produce
oxidación, ya que el vidrio no es poroso y al ser mineral carece
de aromas o taninos y además el corcho cumple con la función
de aislar al vino del contacto con el oxígeno. Se dice que, en
la botella, el vino está en atmosfera de reducción. Este
proceso aporta finura, elegancia y complejidad al vino. Varios meses
en botella hacen que el potencial tánico y demás compuestos
se integren y redondeen, consiguiendo una mayor calidad.
Muchas veces se oye,
al descorchar una botella, que hay que dejar que el vino respire. Cuando
un vino lleva mucho tiempo en la botella, la primera sensación
que percibiremos será casi siempre desagradable. A esto se le llama
aromas de reducción y son consecuencia del envejecimiento y reposo
en botella. Esto no significa que el vino esté en mal estado. Hay
que darle tiempo a que vuelva a entrar en contacto con el oxígeno
y que respire. Esto ayuda a que el vino se abra y en cuanto el vino se
airea, por el mero servicio del vino en la copa, estos aromas desagradables
desaparecen. La transformación es asombrosa. El vino va mostrando
todo lo que durante años ha guardado en secreto.
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